viernes, 28 de febrero de 2014

XX

Tengo 20 razones por las que tener pasado.
igual que se tiene cruz y nombre como buen rey judío.

Nunca he sabido ser buen practicante.
Lo cierto es que creo en lo que hay que creer
igual que se cree ciegamente en el amor de una madre.

Muchas veces me cuestiono la validez de mi argumento
las palabras que siempre preguntan dónde deje mi pasado
¿Atrás?

Católico, relativista y muy protestante.

Miro hacia adelante porque es donde encuentro
la ciencia que plantea un pasado próximo.

Son ya 20 años de rabia y búsqueda.
Lo he probado prácticamente todo,
Juro que he intentado ser yo mismo,
no ser yo, ser yo otro distinto, sólo ser,
e incluso he intentado no ser, sabiendo
que se es, por el mero hecho de negar
una existencia impuesta por el seno de una madre.

He intentado ser yo mismo a tiempo
y al mismo tiempo no serlo.

Cuando pienso en como duele, aquí arriba me refiero,
las huellas de las yemas de un fantasma,
entiendo, aquí abajo me refiero,
que el pecho sólo conoce la lengua y la palabra
de las serpientes que trafican con manzanas.

El tacto del cuerpo de un poema al desnudo,
no se diferencia mucho menos de un alma sin cuerpo.
Por eso siempre tengo miedo de que llegue el día,
en el que tenga que contarme mi pasado.

Por si se me olvida después de tantos años de Iliada.
Porque me quedan otros tantos de Odisea.

Aquí en medio me refiero.

jueves, 27 de febrero de 2014

El Hombre que inventó Manhattan. Diario de viaje 7

Los aeropuertos siempre son una tierra de nadie
como un beso sin camiseta en las llaves de un hotel.

No termina aquí el viaje.

Este último Sol de diario es como un New York Post
es una ciudad de papel de puntillas contra la ventana,
la sátira dominical de hoy es algo que no entiendo
sobre inmigración y política económica.
Lo irónico es que yo solo conozco
ser extranjero y pobre al mismo tiempo.

Como se es extranjero en el color de la piel.
Como se es pobre en los bolsillos.

JFK y un diario de semana de vuelta a Madriz.
Perdonad la Z, uno es nostálgico y se permite
la buena licencia del orgullo de pertenecer a otro Manhattan.

Llevo llena las maletas, pero tanta ropa
nunca soportará un viaje tan humilde,
humilde como volver a casa con la sensación
de que el verdadero hogar de un persona
es un cuerpo al que rendir homenaje en un poema.

O al menos, permíteme unas palabras Zo.

Tu que eres todo lo salvaje que habita en Manhattan,
East High, la 5ª, los puentes que cuelgan del Bronx,
la vista que domina el acero del cielo del Empire,
cada historia de amor cinéfilo del West Side
pero sin historia, que un Romeo moderno
nunca sería lo suficientemente valiente
para un suicidio tan insignificante en una ciudad
regida por el imperativo Capuleto de sus calles.

Zo, tu que habitas en el amarillo de los taxis,
en el neón de las luces, en los parques,
las historias de gánsters, el absurdo del bullicio,
en el tumulto apócrifo de la gente cosmopolita.

Femme Fatal, de labios con veneno no carmín,
y tacones como alfileres que clavarme.

Un beso tuyo de despedida en este diario
es como el beso de una guitarra de bar.
Su sonido siempre sonará melancólico,
pero es algo tan común, es una compartida soledad.

Son las 3:30, mi avión sale ya.
es curioso como nuestras vidas
dependen de los embarques pactados
en un puente aéreo que no se sujeta por ningún lado.

Me subo al avión, y por una vez, tan sólo por una vez.
Soy capaz de tocarte, como quien toca el cielo desde arriba.

Debe ser que está ciudad me ha enseñado a respetar
Al hombre que inventó a la mujer.
A la mujer que me inventa en la ciudad
Aunque yo nunca sea como ella.

Aunque tenga que aprender a ser Manhattan.
O un garabato de colores inventado de ciudad.


miércoles, 26 de febrero de 2014

El Hombre que inventó Manhattan. Diario de viaje 6

Como un voyeaur que mira como se desnuda el cielo de Manhattan.

Miro desde la madrugada como un niño
que nunca ha entendido el sexo sin el cuerpo.

O el sonido del saxo de una película On the Town

Los carteles de los nuevos estrenos
hablan de un mundo de cine, un mundo ideal,
hablan del gran imaginador que lo ve todo en NY
y rueda escenas tan repetidas como Balas sobre Broadway.

Podría ser la perfecta historia de un superhéroe.

De esas en las que el chico se sienta al final de la clase
observa a la chica más guapa y popular del tumulto
y le pica una araña que lo único que le enseña
es a trepar entre los desagües de un hotel barato
y a llorar con la puerta cerrada para no hacer ruido.

No, mi historia se parece más a una película absurda de Woody Allen.

Se parece más al beso que se da de puntillas
con el pintalabios en los ojos y la toalla de la piel.

Son las 3:30 del Jueves 26 de Febrero.

Sé que Zo aparecerá por esa puerta,
agotadísima, con marcas en el cuello de ciudad
y con la típica manta de lluvia espectacular 
digna de un gran drama de Hollywood.

Pero no es así. son las 3:30.
y estoy sentado en el mismo taburete
que hace de trono de un rey de Bronx
en un bareto de los de West Side Story.
En East High, seguramente una calle 
que me haya inventado.

Zo está en la barra, y me mira,
sabe que la estoy mirando,
sabe que no voy a disimular 
un gesto menos serio
que se conforme con un beso.
No.

Yo lo que quiero es que la sangre llegue al Hudson.

Son unos tacones de poco glamour 
los que lleva puestos, serán de bailar
tan rudamente con esta capital inexperta.

Sentado, con sabor On the Rocks en los labios,
la miro como quien espera que pase lo que pasa en las peliculas.

Me levanto, la pregunto su nombre,
hablamos tal vez de la dureza del amor,
de dónde ha estado todo este tiempo,
que la vida sólo se entiende en los parque de Manhattan,
de que tal vez sea el año de los Yankees.
de que no cree en el amor a primera vista
pero dadas las circunstancias
conmigo se aplica siempre la excepción,
Se ríe, me rió, la miro como quien mira
una sorprendida conquista de madrugada
y de repente susurra una habitación 
mis oídos dejan de escuchar la sordera
y sordidamente me coje de la mano
subimos las escaleras, pisamos la ciudad,
y desabrocha el mismo botón de mi camisa.

La misma nota, tal vez, diferente ruido.
Sigo, queriéndote, en, la, cama.

Me da las llaves de una habitación vacía,
se pueblan nuestros cuerpos y yo la desnudo.

Como un rascacielos que desnuda el cielo de Manhattan.

Espero que os haya gustado la película,
porque esto que os cuento es una invención.
suena a cine de voyeaur.

La verdad es que sigo sentado como rey de Bronx
en este estúpido taburete, con sabor a ceniza,
y la cara on the rocks imaginándome como sería
toda esta película si tuviera el valor de representarla.

Lo cierto es que actúo muy mal.

Zo se acaba su copa, se aleja de la barra y se va.
Son las 3:37.

Mirón de un cielo rascado de ciudad,
miro como se alejan esas piernas, 
pero es curioso ella se gira, sabe que la miro,
me mira, sonríe, y me hace gesto de que la siga.

Me levanto y salgo a la madrugada de East High.
Me coge de la mano como quien coge de la mano a un niño.

La pregunto que a dónde vamos pero no contesta,
sólo se que me da las llaves de una dirección,
una bala y un revolver, un clínex con un beso pintado de rojo.

Me falta la frase que culmine este guión,
pero me gusta siempre dejar los finales abiertos.

Nunca sabes lo que puede pasar tras el disparo.




martes, 25 de febrero de 2014

El Hombre que inventó Manhattan. Diario de viaje 5

Times Square, o el renovado orgullo de una plaza de centro.

No es un lugar al que escapar desde luego,
esta ciudad no me olvida nunca
y yo, deseo dormir rodeado del beso lento
del neón y las farolas que iluminan el último tren
que hace de sangre por las venas de Manhattan.

Es el sonido de un Gospel de hombre blanco.

Manchado y con el color de libro viejo
es el jazz de un rascacielos partido de horizonte,
el único segmento de dignidad que alcanza a tocar
el cielo calibrado y en obras de esta avenida,
es como un conjunto de sensaciones subir
a lo alto del Empire State y sentir que aquí arriba
agarra más fuerte el dolor de los pulmones.

Siento el peso y la tensión de una viga que sujeta este garabato de ciudad.

Profundamente, me escuece la memoria,
son las 3:30 y Zo no está aquí.

Hay un ruido en mi bolsillo.

Abro la dudosa grieta de mi abrigo,
desabrocho el botón como quien rodea
la cresta roja del amanecer inmediato con los ojos.

Parece que hay palabras y papel
pero ni un sólo rastro de tinta.

Tú, yo, ahora, cama, Zo.

Lacónicas palabras, parecen golpes de morse
intentando dar algún tipo de señal o sentido.
Bonita y clamorosa tristeza de balcón sin miradores.

¿Dónde estás?
Como quien habla por teléfono.
Hablo solo.

Me escapo, me olvido de que, y entiendo que no disfruto.
Deseo tocar el beso de este guiño, la mejor vista de la ciudad.

Sin duda.
Por si ella duda todavía.
Tengo ganas de verla
y que deje de ser el hombre que la inventa en Manhattan.





lunes, 24 de febrero de 2014

El Hombre que inventó Manhattan. Diario de Viaje 4

Este diario, es la balada de un poeta de musa de ciudad.

La poesía o el beso crudo del Bronx
sabe a barrio bajo y a droga barata
de las que infectan la memoria con un color negro.

La cosquilla de una lady de centro, perdida,
por el extraradio bajo de una cama como
una solitaria alcantarilla que escupe vaho a las 6.
Mirando desde el horizonte plano que plantea el suelo
el despertar boca abajo y con sabor a alcohol barato
en un parque a las afueras de Gramercy Park.

La dama de cristal y hormigón esconde un paisaje de ojalas.

Para mi, este borde de acera entre la 5ª y la 3ª
es la almohada de cemento y rueda de taxi
que me lleva de vuelta a casa, o por lo menos
a un hogar menos ahogado de gente y asfixia comercial.

Sincera y de espaldas Zo canta y mueve los pies.

Entro por la puerta.
Evita las preguntas innecesarias
la interrogación tan repetida como es echar de menos,
preguntar que tal el día, o si el mundo sigue existiendo
fuera de una celda tan pequeña como este cuarto.

No, Zo no es así, ella es distinta en el beso rojo
del carmín que deja en mi camisa y la débil sudadera
que separa su cuerpo, de un desnudo de postal a quemarropa.

No, su mirada es distinta, no lo hace con una sorpresa comprometida.
es una mirada que desabrocha mi camisa y coge las llaves de mi bolsillo.

Se acerca, me abraza por la espalda, besa la barba de mi cuello,
dice algo a mi oído aunque dan igual las palabras ahora,
sólo es una excusa pobre para arañar con su voz mi silencio.

Y de repente.

Me lías,
te quemo,
y nos consumimos.

Puede que este sea el mejor cigarro
para alguien que es carcelero de una celda.

Con vistas a Manhattan para dos.

sábado, 22 de febrero de 2014

El hombre que inventó Manhattan. Diario de viaje 3

Sé que ahora no es el mejor momento.

Pequeña y somnolienta Zo es un amasijo de sábanas
un desastre natural entendido así en las grandes ciudades.

Tiene una expresión serena su cara, hace como que duerme,
esta esperando tal vez el beso de una ciudad que no la castigue
mirando a la pared de algún rascacielos levantado en una zona cero.

Me siento a su lado en la cama, hace como que duerme,
hago como que está dormida, es la ilusión de un pacto secreto.
Ella disimula descaradamente que no le importa que segue su pelo
como recogiendo una cosecha de dorada piel de Tyffanys.

Verde y desconcertado.
Son los colores de la tregua azul de mis ojos.

La música agotada de la voz de Sinatra muere de fondo
New york, New york. Curiosa dama de hierro prometida.
Vaya cliché.

Agotada se levanta tapada con la vergüenza
que puede tapar una sábana o una sonrisa.
Quiere tormenta y relámpagos de cuerpos.
Hablo de Nueva York está claro, Zo hace que duerme.

Pícara juventud de pasión oxidada de ciudad,
Hablo de Zo está claro.

Ojala ahora,
Ojala Manhattan.
Ojala nunca tengas que hacer como que te despiertas Zo.

Porque por las noches sólo me escucha la ciudad
si escribo como te desnuda junto a mi, su manzana podrida.

Día 3

El hombre que inventó Manhattan. Diario de viaje 2

Zo despierta por segunda vez, es de noche.
Las uñas pintadas por desgarrar una piel blanca
desarma mis ojeras si soy yo el que duerme a su lado.

Rota. La pequeña musa de ciudad contemporánea
se despierta como cada noche a eso de las 3:30.

Esta ciudad le pertenece a ella, o lo intenta.

La pertenencia cansada del caos y la urbe
que le hacen andar dos avenidas
cruzar cuatro giros y respirar humo y clase baja.

Brooklyn es un puente apoyado en mi poema,
ella lo cruza despacio, como saboreando
los preludios de gesta e ignorancia que
anteceden a un viaje lejos de los límites
de las alcantarillas de una calle de North Haverbrook.

Ella es feliz, pero no lo sabe todavía.

Desde el libro que narra las historias de Manhattan
la observo alejarse de noche, no duerme la azotea,
parece desesperada por respirar otro cielo más azul,
aunque lo único azul que espía sus movimientos
son estos ojos de terraza y una palabra malsonante.

Sale de mi boca, escupo el ego que esta aún por decidir
y de repente nuestras miradas se mezclan con el fuego
que se alterna entre mi mechero y el aire que quemo.

Alomejor es la calma que encharca los pulmones,
eso, o ella sonríe desde la calle, estas avenidas...
Estas avenidas habitadas por razas y colores en la piel
me impiden verla, se aleja sonriendo, pícara e infantil.

Es como un recuerdo de tacones y cierta elegancia,
como cuando ves a la chica más bonita de la fiesta
y la intentas sacar a bailar aunque uno es torpe.

Pero parece que ella baila sola, no necesita a nadie que la enseñe a caminar.

Pero ella es feliz y lo sabe.
Porque tranquila este poema la saca siempre a bailar.
Mientras duermen los labios descansados de Manhattan.

Y mis negocios consisten en dibujarla sonriendo
en el filo de la 5ª entre la tienda de licor
y la estatua libre que sujeta su pelo
como un fino hilo que hace que nunca me pierda.

En el laberinto adultero que son mis pensamientos
imaginándola bailando desnuda en los brazos de Manhattan.

Segundo Día.