martes, 10 de diciembre de 2013

Paula

Tu universo nunca ha sido tan necesario
como un invierno descalzo.

Yo, que siempre quise creerme tan necesario
como un par de botas viejas pateadas.
Marrones y extrañas, de media pisada
y caminos hogareños,
siempre todos caminamos
con la seguridad del que sabe
a dónde se dirige sin saber muy bien lo que pisa.

Me gustaría cambiarme los cordones
no tropezarme,
simplemente pisar con decisión
y notar la pérdida de la acera,
debajo de mi,
mientras, marrón y extraño
caminamos con nuestros amigos y conocidos,
baila la fiesta, corre el alcohol
y todos vuelan,
creen que vuelan lejos de su yo más único.

El yo que todos creemos conocer
y dar a los demás.

Debe ser que somos los únicos
que no nos damos cuenta,
no nos queremos dar cuenta,
que apagada la ilusión
muchas veces rompemos
la confianza de los pequeños mundos,
una pequeña sonrisa,
una pequeña calada,
una indiscreta mirada, al otro lado de la mesa,
como un niño inocente
al que sus padres regañan
por mirar cosas que no comprende por su edad.

Hay efectos que conectan con nosotros,
nos dejan solos e indiferentes
en medio de una risa,
o en el rincón meditado de la puerta de los bares.

Debe ser que esta Sureña ha aprendido a vivir,
a vivir nuestras historias y sus nombres,
sus culos de cervezas babeados
y el hielo que rompe una camisa.

Que decepción, nunca sabre lo que es compartir una amistad.

Más allá del fondo de este cubo.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Fuera de carrete

Tal vez no estemos hechos para vivir en las fotografías de antes.
Las mismas que nos acechan ingenuas
en mitad de una palabra cuando partimos,
de que la soledad duele menos en silencio.
Sabes tan bien como yo que hemos vivido aquí,
en tu obsesión de entender el amor plasmado
en imágenes cargadas de primavera, fiestas,
familia, tiempo, escapadas de una noche
-San Valentín todavía sabe a fresa-
y paisajes tan dudosos como los ojos que ahora los miran.
Con el tiempo te das cuenta que en tu habitación
nunca estas solo. El presente se comparte
con personas que apenas conocíamos
que a lo mejor nunca habrían existido pero están aquí,
nos juzgan con la libertad del que se cree sabio
por la experiencia de levantarse contigo todas las mañanas
y conoce cada uno de nuestros secretos midiendo
la distancia que hay de la cama a la puerta.
Confío en que llegue el día de tener valor y decirles que se callen,
que no me acusen de recordar Madrid en invierno
tiritando en la distancia que comparten estos ojos
-los tuyos- señalando aquella navidad del 95.
Después de todo tengo la esperanza de cambiar el mundo en una foto.
Sigues perdonando juicio, razón y nombres,
las calles en las que vivíamos no son las mismas
y apuntaste mal la dirección en el resguardo,
pero sigues siendo tú, siempre has sido tú,
aunque nosotros perdimos ya el color y la piel.
Nunca quise ser inmortal,

Tengo miedo de coger una cámara
y que me juzgues.

domingo, 8 de diciembre de 2013

La religiosidad de un cuerpo nunca cae en desuso

A lo mejor es cuestión de que no se compartirte,
de mantenerte intacta con mi palabra
fría en la noche del mismo modo que aguardan
los portales al vecino indiscreto, al matrimonio
del quinto, a los primeros besos de algún adolescente.
Quizás quise tenerte tan cerca de mi,
Creer en que la solución de nuestros problemas
pasaba por mi cuerpo y se repartía por el tuyo.
Sigo sin entenderte, como el portal que espera
a su vecino indiscreto, al coche que se apaga
frente a la ventana, al eco de las pisadas de tu calle.
Quizás no supe compartir tu cuerpo
o, a lo mejor, nunca supe meditar lo que me dabas.

viernes, 6 de diciembre de 2013

1:16

Los pensamientos que nos asaltan de repente por las noches,
nunca son buenos compañeros de cama.

Tampoco suele ser la mejor compañía,
este espacio tan cargado de memoria.
Son las 3 de la madrugada
y mi cuerpo ya no está aquí,
tampoco la cabeza ha aprendido
a hallar patria en el calor de una buena cama,
una buena mujer, o una simple conciencia,
tranquila:

Los momentos de insomnio son los mismos
que nos enseñan a dormir o a domar.

A intentar domar lo más propio de una hora como esta.

Silencio, mucho silencio,
pero no te equivoques
aquí, en este silencio no hay paz,
no hay vencedores,
solo vencidos.

Tan solo sé que odio este silencio
de la misma manera que odio
este insomnio que no me deja domarme por las noches.

Buenas noches a ti también.







Atlas, un mundo de cine

Atlas, el hierro de los hombres,
nunca supo el auténtico valor del dinero,
de lo que se paga uniformemente
en los tentáculos que sujetan
cada calendario.

Al principio todo fue caos,
la medalla del tiempo
se cuelga siempre de los mismos
relojes,
pero Atlas, titán en su moqueta,
comprendió que las alfombras
siempre son mundos que sujetar
sin cuello, con la entrada
de la bengala rugosa de un instante
de cine, de la falacia de saberse dios,
del trípode que crees que sujeta la imagen,
sus semejanzas, las palabras de los actores
que fingen que se quieren
o que saben quienes son,
aunque el fino cordón que los separe
sea los espacios en blanco en un guión
que nadie sabe muy bien como acaba.

Antaño, Atlas, hucha de los hombres.
Guardaba la inervación del que da vida
a esta montaña,
a la película que crees saber que ves
si ves tu vida desde los ojos de los otros.

Pero Atlas ya solo sabe enfundarse el mono de trabajo
y sujetar esta cámara que cuenta como es el mundo
detrás de cada cámara.



Preguntas difíciles para personas sencillas


Sentimientos guardados en barcos
que caben en botellas de cristal,
faros a la luz de las velas,
tardes de domingo sin salir
pero nunca solitarios en el sofá
viviendo lejos, más allá del televisor.
Testigo de sucesos inevitables como vivir
las promesas incompletas recogidas en un buzón.
Cartas que son aviones de papel.
Palabras ahogadas en café.
Y preguntas, preguntas difíciles.
Aunque haya a veces preguntas que no aceptan dudas,
¿Cómo será el pijama de la noche y los pies del tejado?


jueves, 5 de diciembre de 2013

IV

Sé que pensarás que lo que se acaba.
-Malditos estos labios y los tuyos-
tiene finales para cuerpos distintos.
Que el amor, sin duda, es una vocación
imprevisible en cada cama.
No muy valiente, porque necesita
el veredicto incuestionable
de la piel que se viste en los ojos
-Estos, los que te pertenecen-
y el desnudo que se pierde por tu sonrisa.
Aquí, dónde el silencio habla del silencio,
se pierden bocas,
se vende casa,
se arañan cristales.
Así son mis noches ahora
como el silencio.
Pasan de largo y se preguntan
sobre la legitimidad
de mis pensamientos
al imaginarte desnuda,
mirándome,
como el que algo espera
y sólo recibe contemplación
o indiferencia, este idioma
ya no es nuevo para mí.
Alomejor es que la soledad
no es cuestión de ausencia,
tal vez,
tiene algo más que ver con los recuerdos.
Perdóname amor por no olvidarme de quién eres.
Perdóname amor por no saber quién soy.