Hay nombres que se corrompen según los dices.
Alejandro, por ejemplo, no sabe amar,
tampoco sabe perder, nunca supo,
y tampoco supo nunca pedir perdón.
Siempre pidió, y todo se lo dieron.
Es un nombre egoísta,
y demasiado largo para compartir
con los demás.
No existe ni verdad ni belleza en ese nombre,
Tampoco él entiende que existe gracias a
que dibujado toscamente, ella le da vida.
Y ella, le dibuja feliz y extraño.
Ella no entiende a Alejandro.
Pero sabe amar.
Supo quererle incluso cuando él,
egoísta, no la quería.
Hay nombres que viven dudosos en fotografías.
Viven en nosotros como camas sin hacer,
tardes de calles estrechas en Madrid,
y rumores de peleas y reconciliaciones
entre andén y andén.
Metro a metro.
Mirada a mirada.
Labio cuerpo.
Mano muslo.
tú o yo.
Ella.
Tiene un nombre que corrompo cada vez que lo digo.
La hago pequeña y gris,
casi como una palmada sorda.
No se amarla, sólo se hacerla daño,
debe ser que no me enseñaron
otra forma de amar.
Y la imagino.
Desnuda y llena de vida
envuelta en lágrimas,
porque no entiende a Alejandro.
No entiende que incluso cuando
la mira sin mirarla,
aunque ella sabe que la mira,
Piensa que la odia
como quien odia por despecho
o ignorancia.
Nunca la escribió poesía.
Y debería odiarle.
No sintió la necesidad de confesiones
ni amor del que se vende envuelto
en mil historias, historias que construimos
para explicar porque nos queremos.
Y la verdad es que Alejandro la quiere.
A Ella.
Aunque nunca la ha escrito poesía.
Debe ser que la poesía es otra forma de amar,
despacio, con palabras perfectas y momentos
deliciosos.
Pero Alejandro nunca entendió
que la delicia de sentirse dibujado
en su sonrisa mientras,
pequeña y libre,
le abraza a pesar de su memoria.
Es la única palabra escrita que vale.
Por eso nunca le pongo el nombre
a la persona a la que escribo poesía
en mis poemas.
No quiero corromper tu nombre.
sábado, 23 de noviembre de 2013
viernes, 22 de noviembre de 2013
N-303
Las ventanas cada noche son
como lobos solitarios.
Acechan la calle igual que a una presa herida.
No importa la luna, ni la manada gris
que se proyecta insignificante en la pared,
Nada les importa ya.
Suena el eco borroso de las farolas
y la gente se esconde en sus ventanas.
Igual que una ventana herida.
El último búho de la noche conduce
despacio su autobús.
Yo también he vuelto como tú,
con la cara pegada al cristal
y la sensación de que siempre
me olvido de algo en la parada.
Me olvido de todo,
no tengo memoria para los horarios,
y los bancos a estas horas son como
bocas afiladas dónde pensar,
pensar y darse cuenta del dolor
que sube a cada parada.
No hay nación aquí.
Todos somos iguales
cuando escribimos el nombre tembloroso,
en el vaho,
de la persona que viaja sin nosotros.
Pegado al cristal,
como una memoria dudosa
que juega entre luz y luz
y el botón de: Parada solicitada.
Nunca se cuando bajarme,
en que momento levantarme
o cuando interrumpir el viaje
de los demás.
Es tan difícil solicitar una parada.
Sobretodo porque nunca se dónde me bajo.
Sobretodo porque nunca se si me acecha
algún lobo solitario entre estas fachadas.
como lobos solitarios.
Acechan la calle igual que a una presa herida.
No importa la luna, ni la manada gris
que se proyecta insignificante en la pared,
Nada les importa ya.
Suena el eco borroso de las farolas
y la gente se esconde en sus ventanas.
Igual que una ventana herida.
El último búho de la noche conduce
despacio su autobús.
Yo también he vuelto como tú,
con la cara pegada al cristal
y la sensación de que siempre
me olvido de algo en la parada.
Me olvido de todo,
no tengo memoria para los horarios,
y los bancos a estas horas son como
bocas afiladas dónde pensar,
pensar y darse cuenta del dolor
que sube a cada parada.
No hay nación aquí.
Todos somos iguales
cuando escribimos el nombre tembloroso,
en el vaho,
de la persona que viaja sin nosotros.
Pegado al cristal,
como una memoria dudosa
que juega entre luz y luz
y el botón de: Parada solicitada.
Nunca se cuando bajarme,
en que momento levantarme
o cuando interrumpir el viaje
de los demás.
Es tan difícil solicitar una parada.
Sobretodo porque nunca se dónde me bajo.
Sobretodo porque nunca se si me acecha
algún lobo solitario entre estas fachadas.
jueves, 21 de noviembre de 2013
Azul turquesa, casi beis.
El invierno es un lugar difícil,
siempre cálido en su distancia.
Igual que tu cuerpo, difícil.
Nunca he sido un hombre de palabra,
siempre he intentado evitar
decir la verdad.
Aunque la verdad es, que nunca
he sabido si de verdad he sido hombre.
He sabido tener frío,
hacer la cama después de que te vayas,
aunque sea una decisión privada,
fundada en la intimidad, difícil,
de un hombre de palabras necias
y oídos .
Entender la vida como un invierno nunca es fácil.
Hay que saber tener frío.
Conocer, la disciplina de las bufandas
y los abrigos obligados.
Habitantes de cuello y cremallera.
Lentas pieles del invierno,
que viven en nuestro cuerpo,
casas vacías de gente
pero llenas de personas.
Nunca se que abrigo ponerme cuando salgo a la calle
ni cuando estoy contigo.
No tengo frío,
Ni disciplina,
Lo juro, soy un hombre de palabra.
Y aquí hace invierno, en el mismo lugar en el que me encuentro todo el año.
siempre cálido en su distancia.
Igual que tu cuerpo, difícil.
Nunca he sido un hombre de palabra,
siempre he intentado evitar
decir la verdad.
Aunque la verdad es, que nunca
he sabido si de verdad he sido hombre.
He sabido tener frío,
hacer la cama después de que te vayas,
aunque sea una decisión privada,
fundada en la intimidad, difícil,
de un hombre de palabras necias
y oídos .
Entender la vida como un invierno nunca es fácil.
Hay que saber tener frío.
Conocer, la disciplina de las bufandas
y los abrigos obligados.
Habitantes de cuello y cremallera.
Lentas pieles del invierno,
que viven en nuestro cuerpo,
casas vacías de gente
pero llenas de personas.
Nunca se que abrigo ponerme cuando salgo a la calle
ni cuando estoy contigo.
No tengo frío,
Ni disciplina,
Lo juro, soy un hombre de palabra.
Y aquí hace invierno, en el mismo lugar en el que me encuentro todo el año.
Ensayo sobre un ensayo
miércoles, 20 de noviembre de 2013
Siempre es tarde cuando se trata de mí.
El calor de mi cuerpo, se mide
por la distancia quemada de tus ojos.
La vergüenza de saber que cada vez
que intento sonreír, me recuerdo
mentiroso enfrente de ti sin saber
ser yo de verdad.
Tu yo más íntimo.
El que te entendía a pesar
de mis mentiras.
Yo, que sólo se vivir mi propia mentira.
Mí talento innato para hacerte daño
y rechazarte, aún sabiendo que si
me decías que sí, si me decías que me querías,
Salías perdiendo y yo ganaba.
Nunca he sabido ganar.
Y lo más triste.
Nunca he aprendido a perder.
a perderte a ti.
Que aunque piense que esta carta
va dirigida para ella, los dos sabemos
que hablo de ti.
Hablo del miedo, de las dudas y del odio.
Hablo de amor y sufrimiento.
Hablo de la noche en la que compartimos
un abrazo y yo sentía que en el fondo
siempre te importado y yo sólo pagaba
con una habitación pequeña y fría,
y un corazón despacio,
temeroso de la imagen desnuda de tus ojos
enfrente de mi cuerpo tembloroso
sujetando tu cuerpo contra el mio,
como una antigua diosa atrapada
en el cuerpo de algo tan dulce...
tan frágil que el simple hecho de tenerlo
entre mano y mano,
entre cadera y muslo,
entre labio y carne.
Rompería la pureza que existe
entre dos cuerpos tan sucios,
que aunque no admitan que se quieren,
estarían dispuestos a amarse,
negociando treguas y fracasos
o un cuerpo al que dominar
incluso con el miedo y las dudas
de esta habitación cerrada tras de ti.
El amor y el odio,
sólo son negocios.
Sólo es un negocio si aprendo a tratarme
con odio, nunca he sido valiente.
Nunca he admitido que te quería,
no sé si por miedo, o porque
el amor y el odio nunca me han enseñado
a ganar, siempre he vivido sabiendo.
Que perder es la única forma de vida que conozco
para odiarme y saber que te quiero.
Aunque siempre admita que te odio.
Porque siempre me odiare más a mi.
por la distancia quemada de tus ojos.
La vergüenza de saber que cada vez
que intento sonreír, me recuerdo
mentiroso enfrente de ti sin saber
ser yo de verdad.
Tu yo más íntimo.
El que te entendía a pesar
de mis mentiras.
Yo, que sólo se vivir mi propia mentira.
Mí talento innato para hacerte daño
y rechazarte, aún sabiendo que si
me decías que sí, si me decías que me querías,
Salías perdiendo y yo ganaba.
Nunca he sabido ganar.
Y lo más triste.
Nunca he aprendido a perder.
a perderte a ti.
Que aunque piense que esta carta
va dirigida para ella, los dos sabemos
que hablo de ti.
Hablo del miedo, de las dudas y del odio.
Hablo de amor y sufrimiento.
Hablo de la noche en la que compartimos
un abrazo y yo sentía que en el fondo
siempre te importado y yo sólo pagaba
con una habitación pequeña y fría,
y un corazón despacio,
temeroso de la imagen desnuda de tus ojos
enfrente de mi cuerpo tembloroso
sujetando tu cuerpo contra el mio,
como una antigua diosa atrapada
en el cuerpo de algo tan dulce...
tan frágil que el simple hecho de tenerlo
entre mano y mano,
entre cadera y muslo,
entre labio y carne.
Rompería la pureza que existe
entre dos cuerpos tan sucios,
que aunque no admitan que se quieren,
estarían dispuestos a amarse,
negociando treguas y fracasos
o un cuerpo al que dominar
incluso con el miedo y las dudas
de esta habitación cerrada tras de ti.
El amor y el odio,
sólo son negocios.
Sólo es un negocio si aprendo a tratarme
con odio, nunca he sido valiente.
Nunca he admitido que te quería,
no sé si por miedo, o porque
el amor y el odio nunca me han enseñado
a ganar, siempre he vivido sabiendo.
Que perder es la única forma de vida que conozco
para odiarme y saber que te quiero.
Aunque siempre admita que te odio.
Porque siempre me odiare más a mi.
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